Él lo sabía. Sabía que lloraba en las mañanas lluviosas y que apagaba la luz antes de las 12. Sabía que la cabeza me duele cuando estudio y cuando hace mucho calor, y que a veces el miedo me puede. Él sabía que una palabra suya bastaba para calmarme y que trescientos nórdicos en invierno no quitan el frío que él dejó impregnado en mis sábanas. Y yo también lo sé. Sé que mi pared está vacía sin sus fotos y que me rompí por dentro al destrozarlas. Y en verdad todos los que me conocen saben que se me está escapando ahora mismo un suspiro y que ya no quiero apoyo ni abrazos por las noches.
Sé que hoy es todo más grisáceo porque, incoherentemente, mi clase olía a él. Y saberlo me lleva a no querer saber. Y a pensar en porque quise creer que lo tenía, cuando, todos sabemos, que no era así. Pero se que no merezco esto. Y sí, he dicho merezco. Porque al igual que no quiero saber nada del tema de democracias y desacuerdos, se que mi sonrisa le gusta a mucha gente, y le fastidia a otra tanta, y la voy a hacer brillar aunque sea un día gris, lluvioso, de frío o incoherente.
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