Nos empeñamos siempre en buscar la perfección en todo el mundo, en buscar
lo ideal, el modelo de belleza. Buscamos a alguien amable, sincero, tierno,
amigable, simpático, guapo, que nos quiera. Buscamos a ese tipo de persona que
llama la atención. Todas queremos a ese chico que tenga a todas las niñatas
detrás de él, y que al momento de quitárselas de encima no diga ‘no puedo’ si no ‘no quiero’. Buscamos al típico príncipe Disney: alto, fuerte, con unos ojos
preciosos y una piel bronceada. A alguien que nos haga sentir por encima de
todo, que nos lleve a tres metros sobre el cielo y nos diga ‘tengo ganas de
ti’ encima de una moto. A esa persona que con mirarte, te
quite la respiración, y que al que con solo una sonrisa, te alegre los peores
días. Nosotras queremos a esos tíos que van de duros por la vida, y luego son
unos sentimentales que lloran con ‘El diario de Noah’. Los que se meten a la
ducha y no pueden parar de cantar en cuanto el chorro de agua empieza a caer.
Buscamos a alguien que nos quiera por encima de todo, que nos lo demuestre en
cada momento. A alguien que enfrente de sus amigos te coja de la mano y les
diga: ‘es ella’. A esa persona que se deje la piel por vernos felices, y que no
pare hasta que dejemos de llorar. Nos ofuscamos tanto con buscar al chico
perfecto, que nos olvidamos de todo lo que nos rodea, y nos frustramos al
darnos cuenta de que no lo encontraremos en ningún momento.
Bajamos los niveles de dificultad para entrar en ‘la lista’, y
vemos que nada sale bien, que ahí entra y sale quien quiere. Y entonces en
cuando te das cuenta de que en la mayoría de ocasiones no hace falta rebuscar
tanto, y de que no es tan difícil encontrar, y de que lo único que pasa que es
que a veces lo que buscas está tan cerca que cuesta verlo.
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